El día de la patria vasca

abr 09

Un año más los nacionalistas vascos han celebrado el día de su patria vasca. No lo han hecho juntos porque las ramificaciones de Batasuna se han ido a Pamplona para que nadie olvide que Navarra forma parte del lote. Pero desde Navarra y desde Euskadi han celebrado el día de la misma manera: reivindicando una sociedad uniforme, normalizada, en la que sólo tengan cabida quienes tienen la misma visión que ellos: sólo es vasco quien no es español; sólo es vasco quien quiere la independencia; sólo es vasco quien hace borrón y cuenta nueva de los crímenes de ETA. Por eso han celebrado el día de su patria.

Todo el entramado de los testaferros de ETA nos ha recordado que están más fuertes que nunca. Nos han recordado que el crimen sirvió para esto, para que se mezclen entre las gentes de bien y parezcan de los nuestros, de los que nunca amenazaron ni extorsionaron, de los que siempre defendieron la ley, de los que defendieron la sociedad plural, de los que defendieron que se les aplicase -también a ellos- unos derechos constitucionales que muchos de nosotros aún no habíamos disfrutado: el derecho a la vida, el derecho a la libertad de expresión, el derecho a la libertad de movimiento… Ya están aquí, entre nosotros, reconocidos por el poder político, ostentándolo, ejerciendo el liderazgo de esa sociedad que han venido construyendo a golpe de socializar el terror y de asesinar a quienes no aceptaban ser normalizados… Sé que soy una ceniza por empeñarme en hablar de esas cosas que han sido proscritas por lo políticamente correcto; ya sé que es mejor hacer como que estamos muy contentos porque ya no nos matan; ya sé que no hay que llamar la atención sobre las soeces palabras del lehendakari vasco, que dice que hay gente en la cárcel (por Otegui) por cosas que hoy no tienen sentido…

«P.- ¿Qué opina de la sentencia sobre la doctrina Parot y las pendientes sobre Bateragune y la legalización de Sortu?

R.- El planteamiento no puede ser otro que el respeto a los tribunales, pero estoy seguro de que actuarán según la realidad y el nuevo tiempo que vivimos. Dicho esto, me gustaría que la izquierda abertzale tuviera una fuerza legal, para hacer legal lo que es real. Está gobernando en instituciones no poco importantes de este país. La sociedad vasca no entendería otra cosa, igual que le sorprenden sentencias que hacen que esté en la cárcel cierta gente por cosas que ya no tienen ningún sentido».

No quiero callarme ante tanta indignidad, ante tanta complicidad, ante tanta cobardía; no quiero dejar de señalar esta nube de cloroformo que se extiende sobre Euskadi y sobre el resto de España. Una nube densa, que tapa conciencias.

La nube de cloroformo propicia ese olvido que todo lo cura, que convierte en iguales a los que sufren y a los que infligen el dolor, a las víctimas y a los verdugos. Ese olvido imprescindible para que los enemigos de la democracia se muevan como pez en el agua dentro de las instituciones plurales que quieren destruir; ese olvido que reclama Günter Grass a los alemanes respecto del holocausto.

Esta misma nube de cloroformo ya la quiso extender Zapatero en su proceso de negociación con ETA; pero entonces soplaba demasiado viento y se hizo girones: las víctimas, los movimientos cívicos, algunos políticos huérfanos de partido, el PP (si, el PP también) movieron con fuerza los brazos y la nube dejó al descubierto toda la ignominia del pacto, toda la cesión democrática que se estaba tejiendo. A pesar de que había fiscales y jueces dispuestos a «mancharse la toga con el polvo del camino», sin niebla que adormeciera las conciencias y nos impidiera ver la descarnada realidad, no pudieron hacer pasar por héroes a los traidores, por víctimas a los verdugos, por democrático lo totalitario.

Pero ahora no corre ni un soplo de aire. Las huestes que fueron apostándose en la retaguardia con la ayuda de los que siempre creyeron -incluso mientras portaban féretros con los cadáveres de sus amigos asesinados por ETA- que los asesinos «tenían sus razones», han salido a la luz. Hoy esas huestes hambrientas de poder y de dominio ocupan instituciones y plazas públicas, mezclados entre nosotros, como si fueran uno más. Cuando uno de los suyos sale de la cárcel le bailan un aurresku de honor y le reciben como un héroe; en la calle llevan la cabeza alta, orgullosos de lo que son y de lo que hicieron, y nos exigen que olvidemos. Los que extienden el cloroformo le llaman a eso «un tiempo nuevo». Sí, es verdad que es un tiempo nuevo; es el tiempo en el que te marginan si sostienes que no hay ninguna obligación de perdonar y mucho menos de olvidar. Es el tiempo en que te miran mal si afirmas que ETA sigue existiendo y que mientras eso sea así sus testaferros no deberán estar en las instituciones ni ser tratados como demócratas. En este tiempo nuevo cualquiera se cree con derecho a descalificarte por exigir a este Gobierno lo mismo que se le exigía al anterior: mientras ETA exista, ni agua. En este tiempo nuevo te conviertes en una persona molesta si no eres capaz de entender que el «ahora somos Gobierno» justifica cualquier cambio de táctica en relación con ETA.

Bueno, que todo esto era para decirles que los amigos de ETA, los que comparten sus fines, los que han colaborado para que sus medios tengan éxito, los que no condenan ni condenaron ninguno de sus actos, están entre nosotros; era para decirles que están más chulos y ensoberbecidos que nunca; que nosotros estamos más callados, más humillados y más solos que nunca. ¿Que no todos nos sentimos así? Es verdad; es que el «nosotros» se ha hecho cada vez más pequeño. Hay mucha gente que ha salido de este «nosotros» para abrazar la causa de los ganadores.

Hace muchos años, cuando mis hijos eran pequeños, mi marido y yo hablamos de irnos de Euskadi. Nos planteamos si teníamos derecho a obligar a nuestros hijos a vivir en una sociedad objetivamente menos libre que la del resto de España. Llegamos a la conclusión de que precisamente porque teníamos hijos había que dar la batalla para que la sociedad vasca fuera normal, no normalizada; para que nuestros hijos fueran de mayores lo que quisieran, para que no tuvieran que asimilarse a ninguna ideología totalitaria si querían vivir en libertad. Y nos quedamos por eso. Nunca más volvimos a hablarlo y nunca pensamos irnos por miedo. Hoy que mis hijos son mayores y sé lo que sufrieron pienso en aquello y me pregunto si mereció la pena. Pienso que nunca me iré por miedo, pero que existe el riesgo de que nos terminemos yendo por asco hacia el dominio de los malos y por la incomprensión, cuando no el furor, de los que se dicen buenos. Repaso lo que ha sido nuestra vida y concluyo rápidamente que ha merecido la pena; y que seguirá mereciendo la pena mientras alcemos la voz y demos testimonio.

Rosa Díez es diputada nacional y portavoz de Unión Progreso y Democracia

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